ANÉCDOTAS, REFLEXIONES Y COMENTARIOS:  Un Recorrido por Cozumel

Por Miguel Borge Martín

Durante mi adolescencia tuve la oportunidad de ir muchas veces, principalmente a pie, a los ranchos “Santa Rita” y “San Gervasio” que eran propiedad de mi Tío Miguel Vivas Rivero. /Iba acompañando a mi primo Miguel o a mi primo Carlos, que tenían tareas por hacer en los ranchos y yo los ayudaba, si no es que les estorbaba. /Los viajes se hacían normalmente caminando, porque el camino no ofrecía condiciones adecuadas para transitarlo con vehículos, aunque a veces también se llevaba un caballo, pero de arria. /La distancia aproximada a Santa Rita es de 2 Leguas y media y para llegar se hacían más o menos 2 ½ horas de caminata (una Legua es igual a 4 kilómetros, y en aquellos tiempos mí Tío usaba la Legua como unidad de distancia), y a San Gervasio era de unas 3 Leguas. /Por cierto, y me enorgullece decirlo, mi Tío Miguel Vivas era un acérrimo protector de los vestigios mayas que existían en Santa Rita y en San Gervasio. /Estaba estrictamente prohibido escarbar en montículos o en lo que habían sido construcciones mayas, porque eso, decía él, era patrimonio de todos los mexicanos.
Durante esos viajes aprendí a diferenciar los ladridos de los 2 o 3 perros que casi siempre nos acompañaban, según le ladraran a un animal de monte o a una pieza de ganado, que podía ser “ganado remontado”. /Cuando era un animal de monte (pizote o puerco de monte -kitám- principalmente), el ladrido de los perros era “grueso” con gruñidos, y los perros terminaban encuevando al animal para que mis primos consumaran la cacería con el lado plano del machete. /Cuando el ladrido era agudo se trataba, con toda seguridad, de una pieza de ganado vacuno. /Decía mi Tío Miguel que a los animales de monte que se capturaban, se les debía arrastrar cuando menos unos 100 metros para que los perros adoptaran mejor el hábito de la cacería. /También se les daba a oler una glándula (o “marisco”) del animal en el hocico de los perros, para que mejoraran su olfato y su capacidad de ser buenos cazadores.
En ocasiones también llegábamos a “La Otra Playa”, como le llamábamos al lado oriental de la isla. /Este viaje lo he de haber hecho tal vez 3 veces con mis primos, y en una o dos ocasiones lleguamos hasta Punta Molas (la punta norte de la isla), pasando por Xpalbarco, Xhanan, Xlapac y El Castillo, que era una construcción maya ya invadida por el mar, así como alguna playa muy bonita en el trayecto. /Cuando dormíamos en el otro lado de la Isla nos refugiábamos en un pequeño cobertizo con láminas, palmas y ramas para protegernos del sereno, de la lluvia y del salitre. /Desayunábamos cosas sencillas de las que llevábamos como bastimento, antes de continuar con nuestra andanza por caminos de arena y de tierra.
Cada año se daba la posibilidad de que en vacaciones llegaran a Cozumel amigos que también estudiaban en la Ciudad de México, y en la ocasión que ahora les platico llegó Alberto Guerra Bustamante (Beto Guerra), originario de León, Guanajuato, que estudiaba en la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) del IPN, y que viajó a Cozumel para conocer la Isla. /En ocasiones anteriores habíamos recibido en la casa a otros amigos de visita en Cozumel, y ahora le tocaba a Beto estar con nosotros unos días.
A Beto le gustaba el excursionismo y habíamos llegado a caminar en un mes de Febrero, junto con otro amigo -Juán Álvarez- desde la ciudad de Toluca hasta los cráteres del Nevado o Volcán de Toluca, pasando una noche en el bosque, escuchando lobos y pasando un frío terrible. Fue por esto que se me ocurrió llevarlo caminando hasta Punta Molas, y de ahí recorrer la costa nor-poniente de la isla para llegar al poblado por el lado norte, y con esa consigna se organizó el viaje. /Se unieron al grupo mis primos José Luis Rivas (Pipo), que conocía bien la ruta de San Gervasio a la costa oriente de la isla (no existía la carretera transversal), y Jorge Elías Ruiz Simón (QEPD), que era apenas un adolescente.
No recuerdo la fecha, pero salimos de San Miguel rumbo a San Gervasio, y en el camino, ya cerca de Santa Rita, nos comenzó a llover torrencialmente. /No paraba de llover y no llevábamos ropa, ni protección, ni zapatos adecuados para la lluvia, por lo que la caminata se volvió bastante complicada. /Caminábamos pasando charcos, bajo una la lluvia intensa que no dejaba de caer. /Llegamos a Santa Rita y después a San Gervasio, cuando ya estaba obscureciendo. /Continuamos el camino de San Gervasio a “La Otra Playa” (el otro lado de la isla), pero con la lluvia, y los grandes charcos que se habían formado, mi primo Pipo, que era el guía, perdió el camino y ya estaba obscuro. /Continuamos caminando bajo la lluvia, pero ya no había certeza del camino que seguíamos. /Entonces se me ocurrió subir a uno de los árboles más altos para escuchar el oleaje del mar, y fue así como continuamos caminando en “línea recta”, abriéndonos camino en línea recta con los machetes que llevábamos, hasta llegar a “La Otra Playa”. /Nunca pensé en el riesgo de subir a un árbol por la noche, pudiendo haber un animal de monte -un pisote, por ejemplo- que me hubiera producido una mordida de consecuencias lamentables.
Llovía intermitentemente y “acampamos” en el mejor lugar que pudimos encontrar, para guarecernos y continuar al día siguiente, después de un cafecito y pan, nuestro recorrido hacia Punta Molas, a donde llegamos unas 2 horas después. /Ahí estaba de planta un destacamento de soldados que nos permitió subir al faro, y pudimos ver que el camino que yo quería seguir por el litoral oeste-noroeste de la isla estaba totalmente inundado. /Pero, además, los soldados nos dijeron que era imposible regresar al poblado de San Miguel por ese lado de la isla, pasando por la Laguna Ciega, la Isla de la Pasión y otros lugares hasta llegar a Punta Norte, porque casi siempre estaba inundado todo el año, con los árboles dentro del agua y en condiciones intransitables.

Comentario que me hizo mi amigo Alberto Guerra, de León, Guanajuato

“Estimado Mike me acuerdo de esa caminata a través de la selva de algunos detalles me acuerdo como el que se nos atravesó un pecari o puerco salvaje a unos metros de donde íbamos caminando . Al llegar a Punta Molas el farero nos regaló unas tortillas con frijoles y nosotros le regalamos una lata de sardinas. También me acuerdo que medio dormimos en la playa del otro lado de la isla. En esa playa encontré un frasco de plástico que contenía un mensaje en inglés que decía cruzamos el canal de Panamá y vamos hasta el fin del mundo . Bueno fue una travesía llena de detalles que es bonito recordarlos . Esa travesía fue como en 1966 o 67.

**********************************************************************************************


Con esa información tomamos la decisión de regresar por “el mismo camino” por el que habíamos llegado. /Tal vez no sería exactamente así, pero como habíamos usado los machetes tronchando árboles pequeños y ramas, algunas señales quedaban del camino por el que habíamos llegado, sin que nos pasara lo que a Hansel y Gretel.
No fue fácil porque, aunque ya no llovía ‘a cántaros’, el terreno era poco transitable y nuestros zapatos no nos ayudaban. /Mi primo Jorge Elías, que había estado recolectando preciosas boyas marinas de cristal de diferentes tamaños y colores, comenzó a soltarlas, dejando atrás primero las más grandes. /Con frecuencia, Jorge Elías me pedía que descansáramos, y como él era apenas un adolescente, con un poquito de descanso podía caminar otra vez de manera normal, mientras que los de mayor edad teníamos que calentar un poco para ‘agarrar nuestro paso’, pero así, con ese ritmo y dejando atrás una boya tras otra, continuamos nuestro regreso. /¡Que tan lento iríamos, que cuando menos nos dimos cuenta ya había obscurecido y apenas estábamos en el extremo oriente de una de las dos pistas del aeropuerto! /Nuestros pasos eran muy, muy cortos, lo que hacía que se alargara el tiempo de nuestro recorrido.
Nos movíamos a un ritmo verdaderamente lento, casi un pie detrás del otro. /Ya no teníamos boyas y nuestros zapatos, o lo que de ellos quedaba, eran un estorbo para caminar. /En algún punto llegamos al extremo norte de la población, por el lado de la Capitanía de Puerto arrastrando los pies y después de avanzar un poco por el malecón, cada uno tomo rumbo para su casa. /Habíamos caminado en forma casi continua como 35 o 40 kilómetros. /Beto y yo llegamos a la casa en la Calle 2 Norte No. 6 y mi mamá no podía creer lo que veía, cuando casi arrastrábamos los pies para desplazarnos. /Rápidamente fue a calentar agua y la puso en palanganas, para que pusiéramos nuestros pies a descansar. /Eso nos sirvió muchísimo.
Como me hubiera gustado llegar al amanecer, para haber disfrutado ver las enormes parvadas de loros que formaban nubes y llenaban el espacio con sus ‘griteríos’, cuando salían de la isla muy temprano para ir a la costa, cerca de Playa del Carmen, donde pasaban el día y comían, para luego regresar por la tarde con su alegre griterío a la isla de Cozumel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *